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INTRODUCCION A COCOMIR
Por Carlos Arean
(En el momento de escribir el artículo es Director del
Museo de Arte Contemporaneo Español)
Dicembre 1984
Cocomir nace en Talarn, (Lleida) en 1931.
1952 - Vive y trabaja en Brasil, Japón, Timor y Mauritania.
1965 - Traslada su residencia a Londres, donde enseña y trabaja.
1970 - Construye su estudio "El Jeroglífico" en La Fosca (Costa Brava).

Desde 1976 reside en Italia, formando parte de la Libera Università Europea delle Arti.

Obra permanente: Sapone-Nice Verrier-Lyón Grifon-París Ausonia-Menton Arte Structura- Milano La Bodega d'Arte-Vicenza Espace Maesta-Pescara Espace Maesta-Milano Espace Maesta-Maceratta Tom Maddeck-Barcelona Seiquer-Madrid Múltiple 427-Madrid.

Es una suerte para Cataluña que sus grandes maestros triunfantes más allá de nuestras fronteras, acaben siempre regresando a la patria. Primero fueron Miró y Dalí y, poco más tarde, la extraordinaria pléyade no imitativa y neofigurativa. Sucede así que la escuela de Barcelona puede influir sobre el mundo, no tan solo a través de personalidades aisladas, perdidas entre rascacielos y bulevares, sino también como un todo coherente y compacto. Ahora es COCOMIR quien regresa, y lo hace tras sus éxitos londinenses y en un momento en que su obra, tras haber pasado a través del dolor y de la desesperanza, adquiere un sentido nuevo y se purifica en su intención de homenaje a quien mejor puede merecerlo.

Este gran artista que es COCOMIR, este dominador y pulidor de la forma en cuyos dedos palpitan las lecciones de Moore y en cuyas penetraciones el recuerdo del maestro inglés se alía con el de su coterráneo Julio González, sabe también que sólo a través de la perfección de la forma en cuanto obra de arte servida por un oficio personalizado y difícil, puede tener validez de documento conmovedor y la radiografía plástica. Un arte no eminente en cuanto tal es tan documento como el mejor de los posibles, pero lo es en frío, sin incitarnos a que intentemos desentrañas algo más que aquello que en su propia impotencia nos narra. Un arte terso, exacto, sometido norma y número, pero sin que éste sea demasiado visible, sino que se envuelva en morbideces y curvaturas orgánicas y hasta que el aire palpite acurrucado en un hueco o se hermane en sus súbitos quiebros con nuestra posible ansiedad, ese arte es, visto en abstracto, tan documento ni más ni menos, como el que carece de esa última posibilidad de comunicación inefable, pero nos exigirá al mismo tiempo que colaboremos con el autor de una manera mucho más profunda que ensamblando y desensamblando piezas y será así mucho más veraz en sus últimas implicaciones. Esa veracidad última la pondremos los espectadores, pero sólo podremos hacerlo cuando el autor, tal como acaece en este caso paradigmático de COCOMIR, ha conformado las piezas de manera que con su propia perfección y su propia autenticidad son capaces de conmover, no tan solo la sensibilidad de nuestra piel, sino también los surcos más profundos de nuestra inteligencia y de nuestro amor.


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