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EL BASTÓN COMO OBRA DE ARTE
Publicado en El Noticiero del Viernes, p.11, 1984
Vieja es la historia del bastón; tan antigua -ya que se detectan los primeros bastones en la prehistoria, labrados en astas de reno- como la misma existencia del hombre.

En el curso de los siglos y las civilizaciones adoptaron las características más diferenciales; unas veces mágicas o sagradas; otras, así, en los pueblos hebreo y egipcio, de autoridad. Los romanos le conservan ese rasgo; quizás el primer pueblo que los utilizó como apoyadura y sostén sea el griego. Las culturas artísticas los enriquecerá de formas e incisiones misteriosas; en Mesopotamia solían terminar sus diseños con una flor.

La Edad Media recoge esa faceta mágica y sacralizada del bastón; los recubre de oro o de plata; desarrolla el uso de los "báculos" eclesiales. Después de una crisis tendremos, en el siglo XVIII, el empleo, entre los "ilustrados", de "bastones-joyas". Con empuñaduras orfebreras cubiertas de de piedras preciosas. Y siguiendo un camino paralelo al de las empuñaduras de las espadas.

Nuestro romántico siglo XIX alumbrará el "bastón-estoque" ocultando, en su fuste, el limpio acero de los duelos y del honor.

El uso del bastón cae, como tantas cosas, en crisis a principios de siglo, fruto del cambio social: la mujer abandona el corsé; el varón la apoyadura de los bastones. Una nueva sociedad, configurada en los deportes y en el aire libre renuncia a todo lo que signifique simbología y sostén.

Pues bien, he aquí que, en Barcelona, el escultor Cocomir busca resucitar el mundo mágico y talismánico del bastón. Presenta en la Galería Lleonart hasta 150 ejemplares con tallas individualizadas de sus puños, los ordena según distintas series; mitológicas, premios Nóbel, taurómacas, animalísticas, modernistas, etc. Cada colección la componen diez modelos, que se sirven numeradas y con certificado notarial.

Cocomir, estatuario excelente, conocedor de los hallazgos de Moore, pone ahora su técnica al servicio de la bastonería. No innova ni el fuste ni la contera; se fija, como los buenos artesanos, en la empuñadura. No crea ejemplares como aquel famoso salero de Cellini; verdadera joya pero incapaz para verter la sal. Cocomir tiene presente, en sus puños, la mano que la va a sostener; sigue y acomoda a ella sus formas y edifica bellos, esbeltos ejemplares a los que enriquece con lacas o les respeta la noble madera de ébano; los policroma; talla o acondiciona el bronce sobredorado; también, como los bastoneros del siglo XVIII incrusta en sus formas piedras semipreciosas para acusar un mayor relampagueo magisicista, en especial, en los ojos de sus puños zoomórficos.

El empeño es curioso. Todo vuelve y retorna; la sociedad después de sus utopías individualistas regresa a la compañía y a la apoyadura. Aunque no sea más que la de un humilde bastón con el puño ennoblecido por la talla de un artista.


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